
Una vez llovió de veras sapos y culebras. El dicho tan común debió de haber nacido entonces, después del asombro de quienes asistieron a tal pesadilla, casi seguros de que llegaba el fin del mundo. Pero como no pasó nada, el tema dio para pensar hasta que se aclaró el enigma: durante una gran tormenta un torbellino absorbió una cantidad ingente de renacuajos de los charcos y los llevó para arriba arrastrados por millones de moléculas de vapor en movimiento. A cierta altura, aplacadas ya las condiciones meteorológicas, cayeron en masa.
Fue un caso muy especial (no el único) en que se evidenció la relación que existe entre los distintos fenómenos de la naturaleza, y quizás fue tan notable porque uno de los eslabones salió falseado, pues los renacuajos se estrellaron contra el piso en lugar de continuar su desarrollo en el charco. Por lo general, la naturaleza no comete esos errores, y una lluvia común es una serie de fenómenos cuyo primer eslabón acaba uniéndose con el último para recomenzar el proceso en beneficio de todos los agentes que participan de él.
Lo que pasa con el agua es muy conocido: el sol evapora el agua de la superficie, las nubes formadas se condensan y vuelven a la tierra en forma de lluvia, nieve, granizo…y allí empieza otra etapa, la carrera al mar por distintos caminos. Unas aguas van por las pendientes y abren el cauce de los ríos; otras se deslizan formando las capas freáticas y demás corrientes subterráneas que emergen por fin como manantiales o desconcertantes lagunas.
Y este movimiento líquido cubre el 98 % del planeta; en el pequeño mundo que es cada uno de los cuerpos vivos ocurre lo mismo. La proporción de agua alcanza también altas proporciones, hasta llegar al 99,9 % en las aguavivas, esas incómodas ortigas del mar.
El agua ha emprendido su avance; si se mantiene su flujo, se le incorporarán fatalmente unos seres vivos pequeñísimos llamados organismos fotosintéticos porque les basta la luz para producir su comida. Son los productores primarios, a su vez alimento de los viajeros que suben inmediatamente al tren del agua. O al avión del agua, porque el conjunto de estos pasajeros es heterogéneo como el de un aeropuerto internacional: hindúes con turbantes, árabes de túnica, japoneses envueltos en kimonos, algún inglés de pipa y galerita, que se suben todos al mismo vehículo con igual destino, formarían un cuadro muy semejante al que ofrecen estas algas, crustáceos, minianimalitos y miniplantitas cuando se los mira a través del microscopio. Todos juntos integran el “plancton”, una palabra que significa “flotar errantes”; sin embargo, no son tan errantes, porque se afincan definitivamente en las aguas donde se han embarcado dándoles la característica llamada “hidrodegradabilidad”.
Es un poder casi mágico que tiene el agua. Si ésta fuera una sustancia solamente mineral nos costaría imaginar la existencia de un líquido como el agua es en realidad. Porque a partir de esta etapa en que se ha formado el plancton el agua se vuelve selectiva en cuanto a lo que se sumerja en ella. El plancton sirve de alimento a las otras criaturas que la naturaleza pone en el mismo medio. Así, los invertebrados que comen plancton son a su vez presa de los peces pequeños, como éstos lo son de los mayores, y de las aves del río y del mar. Allí por donde discurre el ciclo del agua se va alzando la vida, entre sonidos y colores cada vez más ricos.
Ésa es el agua que encontró el hombre al aparecer sobre la Tierra, y a la cual inmediatamente se adaptó para ocupar un lugar conveniente en su ciclo. Las primeras comunidades humanas se congregaron en las riberas y los valles; cuando surgió la civilización sus frutos se conocieron por el nombre del Nilo, del Éufrates, del Ganges…Siempre los nombres del agua que engendraba y perfeccionaba la vida.
Las cosas no han cambiado desde entonces. El ciclo natural que sostiene a la civilización sigue su curso como hace miles de años. Son otras ciudades, como París y Londres, a las que ahora no se puede mencionar sin asociarlas de inmediato al Sena, al Támesis, nombres distintos que el agua recibe en su paseo creador por el planeta. Junto a un río inmenso, una ciudad sudamericana se ufana de ser su reina, “reina del Plata”.
Pero en realidad el agua acepta ser súbdito a condición de que se respeten ciertas leyes y reglas de juego. Es como si existiera una “Carta Magna” de la naturaleza por la cual se reconoce el derecho del hombre a usar el agua para todo menos para destruirla. El castigo de este crimen es la rebelión de la naturaleza contra el hombre, quien queda, por decir así, “en el aire”, con su título de rey de la creación pero desposeído de los recursos para saciar sus necesidades más vitales.
A decir verdad, en estas situaciones se ha llegado a que lo que corre por los viejos cauces ya no es agua sino un líquido muerto porque se le ha ido su alma: el oxígeno. Si hubiera que hablar en términos estrictamente químicos, la famosa fórmula H2O (dos átomos de hidrógeno más uno de oxígeno) sería la definición acabada del agua. Pero, como hemos visto, no es sólo esa sustancia mineral lo que hace que los ríos sean lo que son; el agua que conocemos como tal es la que contiene plancton y que está mezclada con oxígeno tomado del aire.
El oxígeno tiene una capacidad de disolución en el agua sumamente limitada, de modo que su intercambio con la atmósfera es pobre; la actividad del plancton también produce oxígeno, a influjo de los rayos solares. Es poco para el mundo de las criaturas acuáticas, que lo necesitan tanto como las terrestres, y que por eso registran de modo mucho más dramático cualquier reducción del elemento.
Este mismo oxígeno es el factor central de la “hidrodegradabilidad” que permite conservar la aptitud vital de las aguas. Cuando en éstas cae una carga orgánica (es decir, con contenido de carbono), de inmediato la ataca el ejército microscópico portador de oxígeno y comienza una disolución del cuerpo extraño hasta reducirlo a sus componentes más simples, que se incorporan al agua como parte homogénea.
Hay veces que el agua no contiene oxígeno disuelto, y entonces la historia es muy diferente. La carga orgánica no se disolverá con limpieza, sino que entrará en una descomposición llamada “anaerobia” (que significa “en ausencia de oxígeno”). El carbono, que en el caso anterior formaba óxidos, ahora se combina con hidrógeno y produce metano, gas causante de las burbujas que suelen verse en las aguas contaminadas. Otras sustancias que aparecen, como el ácido sulfhídrico, hacen su aporte para que el olor de estos fenómenos sea inconfundible. Es decir, se da un proceso de putrefacción generador de sustancias que se mezclan con el agua cuando no pasan a la atmósfera.
Tales son los dos modos, el aerobio y el anaerobio, como las sustancias orgánicas se descomponen en un río. Que se produzca uno u otro depende de la disponibilidad de oxígeno y ésta es la clave para juzgar si son aguas contaminadas o si no lo son. Y si están contaminadas existe una medida para determinar en qué intensidad: la DBO.
Cualquier sustancia orgánica volcada al agua requiere una cantidad determinada de oxígeno para que la población microbiana aerobia trabaje hasta disolverla. Es su “demanda bioquímica de oxígeno”, conocida por las iniciales DBO. La definición científica de DBO es la siguiente: “Cantidad de oxígeno expresada en miligramos por litro necesaria para transformar en cinco días a una materia putrescible en materia inofensiva”.
Las sustancias sensibles a la DBO se llaman “biodegradables”; las demás, “no biodegradables”. En principio, las biodegradables pueden acabar en los ríos sin desmedro de la calidad de éstos (claro está que ello también depende de la cantidad que se vuelque). Por lo contrario, las “no biodegradables” se agregan al agua y le van anulando sus características, principalmente cuando le impiden oxigenarse. El río desaparece como tal y lo reemplaza una gran cloaca a cielo abierto, donde los desechos se pudren en una fermentación anaerobia y maloliente.
La contaminación por sustancias no hidrodegradables se debe generalmente a residuos derivados del petróleo y a los desechos industriales. Tales “bombas de tiempo” antiecológicas, ¿a dónde van? Una porción recibe el tratamiento y la disposición final correspondientes cuando sus generadores son personas responsables y existe la tecnología adecuada. Si se trata de gente de la misma condición pero falta la tecnología, quedan debidamente almacenados hasta su entrega a entes privados o públicos especializados en hacerlos inocuos.
En otros casos una buena cuota de las “bombas” dan en vaciaderos ilegales, o directamente se vuelcan en los ríos de la región o en conductos que en ellos desembocan. Existen otras “bombas” de formación más espontánea que consisten en los basurales de residuos domésticos, que desde el punto de vista legal deben considerarse clandestinos, aunque para autoridades y vecinos son de sobra conocidos. Los desechos allí concentrados generan, principalmente por efecto de las lluvias, una especie de jugo llamado lixiviado, particularmente contaminante, que penetra la tierra hasta alcanzar las napas subterráneas y se desplaza después a ríos y arroyos. Ocupa también su lugar en esta lista el aporte de sustancias cloacales vertidas sin tratamiento directamente en los cursos de agua o que llegan a ellos de modo similar a los lixiviados. No se debe olvidar que la carencia de cloacas abarca la mayor parte de la superficie de nuestro país.
La humanidad contemporánea, en particular después de tantos descuidos ecológicos, ha tenido que reaprender el sentimiento de unción ante los dones de la naturaleza. Y también desarrollar las virtudes prácticas para administrar el gran jardín de la Creación, en el cual el agua refulge como joya extraordinaria, como forma constituyente de vida.
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