La seguridad alimentaria y el fantasma del hambre

Abstract

Bodegón de Desayuno, Floris Van Dick.

De acuerdo con la definición de seguridad alimentaria dada por la FAO (Food and Agriculture Organization, Organización para la Alimentación y la Agricultura) en 1996: “Existe seguridad alimentaria cuando toda la población, todo el tiempo, tiene acceso físico y económico a una alimentación suficiente, segura y nutritiva que satisfaga sus necesidades dietarias y preferencias de comida para una vida activa y saludable”.

          Se trata de una meta moral condicionada por las posibilidades de alcanzarla. Y que se debe y puede alcanzar. Ha sido tradicional desde el siglo XIX impugnar tal esperanza desde diversas perspectivas políticas y económicas hostiles al desarrollo integral de las potencialidades humanas. Entre ellas ha persistido ese amplio movimiento conocido como neomalthusianismo. En efecto, la seguridad alimentaria  es un concepto contradictorio con el neomalthusianismo, a no ser que la población se mantenga estable y a niveles bajos, condición que ciertamente oscurece los alcances éticos de dicho objetivo.

La oportunidad histórica del neomalthusianismo llegó con la segunda postguerra mundial. Las preocupaciones ecológicas surgidas a mediados del siglo XX  estuvieron asociadas a un sentimiento generalizado de miedo con relación a las posibilidades de supervivencia de la humanidad. Entre tales temores figuraba la eventual imposibilidad de producir los alimentos necesarios para la población mundial existente y la que se imaginaba para el futuro inmediato en las proporciones de un estallido demográfico.

          Al constituirse la Organización de las Naciones Unidas en 1945 ésta se hizo cargo del Instituto Internacional de Agricultura (existente desde hacía algunas décadas) y lo transformó en la Organización para la Agricultura y la Alimentación, conocidas por sus siglas inglesas FAO (Food and Agricultural Organization). Los primeros años de la FAO se caracterizaron por los mencionados temores, que se convirtieron en los objetivos centrales de la institución.

La revolución verde

Pero la inventiva humana, principalmente desde la actividad privada y la sociedad civil, reaccionaba contra las limitaciones reales a la producción de alimentos y, sobre todo, contra las predicciones sombrías de hambruna universal. En 1948 un equipo de agrónomos encabezado por Norman Borlaug obtuvo en Méjico, tras cuatro años de experimentos genéticos, algunos tipos de variedades de trigo resistentes a las plagas que impedían el cultivo de cereales en la región. A partir de este resultado, Méjico logró su autosuficiencia en el consumo de trigo y las experiencias perfeccionadas se difundieron por el mundo. El rendimiento de los vegetales cultivados para alimentación humana y animal aumentó más que aritméticamente, a la par que los productos de laboratorio empleados para ello eran requeridos con necesidad creciente, así como las maquinarias novedosas que acompañaban el proceso. Estas transformaciones recibieron el  nombre genérico de “revolución verde”.

La insistencia del pesimismo

          A pesar de tales adelantos, se intensificó contemporáneamente la “angustia ecológica”, que abarcaba principalmente la preocupación por la contaminación ambiental, la expansión demográfica, el agotamiento de los recursos naturales y la falta de alimentos, calamidades todas que se consideraban ineludibles a plazos muy breves.

Entre los más relevantes exponentes de este pesimismo profundo se destacó el Club de Roma, una asociación de empresarios, intelectuales y políticos constituída en 1970 con la finalidad de colaborar en el aporte de soluciones a lo que consideraban un estado alarmante en la situación del planeta. Crisis ambiental, crisis demográfica, crisis de los alimentos, crisis de los recursos naturales, y al fin de cuentas crisis de la posibilidad del progreso humano eran las preocupaciones declaradas del grupo, que para dar cumplimiento a su propósito encargó la confección de varios informes al Instituto Tecnológico de Massachusetts. Los límites del crecimiento, La humanidad ante la encrucijada, fueron los títulos inquietantes de algunos de aquellos estudios que gozaron de amplia circulación a la vez que, con un poco de picardía, sus mismos lectores comenzaron a llamar el anuncio del fin del mundo.

                    Los informes pecaban de extrapolaciones excesivas de los datos iniciales, por otra parte no siempre seguros, y casi invariablemente acababan en perplejidades a la hora de formular recomendaciones. Según el Club de Roma era necesario un plan maestro universal que regulara la actividad humana si se quería evitar el Apocalipsis…pero no se atinaba a bosquejar cómo debía ser ese plan maestro. Entretanto, convendría reducir al mínimo el crecimiento de la población y reducir el consumo de energías y minerales, a la espera del ayuno colectivo ineludible y despiadado. No careció de impacto la prédica del Club de Roma, pero a medida que se cumplieron los plazos para la ocurrencia de tantas calamidades sin que éstas se presentaran, su crédito se fue diluyendo, y su lectura actual confirma cuán endebles eran sus fundamentos.

Un humanismo ecológico

          Pero mientras la contemporánea revolución verde desmentía en los hechos los pronósticos agoreros del neomalthusianismo, florecían igualmente visiones intelectuales realistas y profundas para llegar a lo que llamamos ahora seguridad alimentaria. Mientras las ideologías marxistas y neomalthusianas preferían otras opciones, la Iglesia Católica recomendaba el camino del desarrollo para la realización del destino humano. Así, el Concilio Vaticano II declaraba: “Para hacer frente al crecimiento de la población y para responder a las aspiraciones más amplias del género humano nos esforzamos por elevar el nivel de la producción agrícola e industrial como así también el volumen de los servicios que ofrecen”.

En esta exhortación resonaba un eco de la  Encíclica Mater et magistra, párrafos 185-192. Decía allí Juan XXIII: “En estos últimos tiempos se plantea a menudo el problema de cómo coordinar los sistemas económicos y los medios de subsistencia con el intenso incremento de la población humana, así en el plano mundial como en relación con los países necesitados…”. “…Dios, en su bondad y sabiduría ha otorgado a la naturaleza una capacidad casi inagotable de producción y ha enriquecido al hombre con una inteligencia tan penetrante que le permite utilizar los instrumentos idóneos para poner todos los recursos naturales al servicio de las necesidades y del provecho de su vida. Por consiguiente, la solución clara de este problema no ha de buscarse fuera del orden moral establecido por Dios, violando la procreación de la propia vida humana, sino que, por el contrario, debe procurar el hombre, con toda clase de procedimientos técnicos y científicos, el conocimiento profundo y el dominio creciente de las energías de la naturaleza. Los progresos hasta ahora realizados por la ciencia y por la técnica abren en este campo una esperanza casi ilimitada para el porvenir”… “Juzgamos que la única solución del problema consiste en un desarrollo económico y social que conserve y aumente los verdaderos bienes del individuo y de toda la sociedad…”.

Las hambrunas contemporáneas

“Revolución Verde” es expresión que suele reservarse para las transformaciones agrarias en los países subdesarrollados, pero la realidad que designa corresponde a la mayoría de los países del mundo, al punto de que las estimaciones para el futuro contemplan la superproducción de materias primas para alimentos, fenómeno que será compensado con el desvío de las mismas a otros usos como su industrialización para servir de combustible. En algunos países de la Unión Europea se subsidia al campo para que reduzca su producción y conserve así un nivel de precios altos. Estados Unidos prohibió por las mismas razones el cultivo de casi 180.000 kilómetros cuadrados desde 1950 hasta la década de 1970, cuando cambiaron las circunstancias del mercado mundial. Siendo éste el estado de la cuestión, ¿cómo explicar la situación de hambruna que todavía hoy caracteriza a algunas poblaciones del planeta y asimismo a algunos sectores de las sociedades ricas en alimentos, como la Argentina? El gran economista católico Colin Clark ya había respondido a la pregunta cuando sus polémicas con la primera dirección de la FAO: “El problema de hacer llegar los abundantes frutos de la producción mundial a quienes más los necesitan es político y administrativo antes que económico y científico”.

En primer lugar, se hace preciso establecer las cifras oficiales de este problema. De acuerdo con las más recientes informaciones suministradas por las Naciones Unidas, en 2016 el hambre y la desnutrición afectaban a 815 millones de personas, o sea el 11 % de la población mundial. Pese a que el número excede a los 777 millones de 2015, el porcentaje sigue siendo descendente respecto a mediciones anteriores (por ejemplo, 900 millones en 2000), y ese aumento es atribuible a las conmociones políticas y las guerras interiores de los países especialmente afectados. Los datos del mismo origen más recientes refieren 735 millones .Las circunstancias políticas y administrativas de que hablaba Colin Clark, como se manifiestan en estos casos, funcionan a la manera de insuperables impedimentos para establecer los sistemas de producción y el uso de tecnologías de la agricultura y la ganadería modernas. Es notable en este sentido que de los 815 millones de personas desnutridas de 2016 el 70 % eran pequeños agricultores, pastores y pescadores que no logran trascender sus métodos primitivos de trabajo. Diez años después a estas causas se suman las guerras por todos conocidas, nuevas o recrudecidas.

La agrobioindustria

Al respecto corresponde hablar de una revolución cultural que debe acompañar a la revolución verde. Los métodos que ésta requiere se parecen más a las actividades industriales y comerciales urbanas que a las típicas modalidades campesinas. El empleo de fertilizantes y pesticidas tiene costos que pueden ser elevados, y otro tanto sucede con las maquinarias y “know how” profesional para su manejo en las tareas de siembra y cosecha. Las distintas herramientas para este tipo de producción proceden cada vez más de proveedores especializados; el transporte y la comercialización requieren asimismo servicios especializados. Estos factores y muchos más ponen en evidencia la necesidad que el productor agrario tiene de capital y tecnología.

La presencia de estos nuevos factores han hecho que se hable de la actividad agraria como de agrobioindustria, y ciertamente la palabra puede utilizarse para designar a una realidad económica novedosa. Porque debe quedar claro que la agrobioindustria ( a veces calificada como agronegocio) no representa un retorno a arcaicos sistemas de latifundio sino un avance hacia formas asociativas de aprovechamiento de la tierra, del trabajo (que incluye la tecnología) y del capital. Su ámbito puede ser una superficie muy extensa como un campo apto para una explotación familiar, siempre a condición de que se apliquen los adelantos tecnológicos adecuados a cada tipo de producción (lo cual es conocido como agroecología).

Desde luego, se trata de un emprendimiento laborioso que requiere un ambiente social e institucional en el cual estén presentes las condiciones requeridas por Colin Clark. En buena medida a ello responde el neologismo “gobernanza”, que no significa gobernabilidad sino que hace referencia a la interrelación entre organismos públicos y actividad privada. En este concepto está incluido tanto el orden jurídico con un sistema judicial eficaz  como la complementación de los sistemas de protección social con el aumento de la producción. A este respecto corresponde reconocer el rol fundamental que cumplen en la Argentina iniciativas como la Fundación Conin,  Solidagro y los Bancos de alimentos para estratos particularmente vulnerables de la población.

¿Espejo del futuro?

          Es preciso que quede aclarado cómo el desarrollo de la producción agraria se derrama en beneficios para la sociedad toda, y contamos para demostrarlo con la experiencia histórica más entrañable, el de nuestra Nación Argentina cuando el resultado principal de su entonces joven riqueza agropecuaria no se registró tanto en el campo como en la ciudad. Las actividades relacionadas con la comercialización y transformación de las materias primas generaron puestos de trabajo y oportunidades económicas que otorgaron a la vida urbana argentina su calidad consabida. No quedó en eso el influjo bienhechor del campo sobre la ciudad, pues además la demanda urbana puso las condiciones para el desarrollo de una industria nacional. Valgan como demostración unos pocos ejemplos de los muchos que pueden aportarse, como el del alsaciano Emilio Bieckert, quien en 1860 estimó que la Argentina podría convertirse en un país consumidor de cerveza y antes de una década inauguraba en Buenos Aires una fábrica de esa bebida con dimensiones y calidad europeas; o el caso del estadounidense Melville Bagley, fabricante del primer producto inscripto en el Registro de Patentes y Marcas, su famosa Hesperidina; o el de Jacobo Peuser, inmigrante alemán que fundó un imperio de artes gráficas en 1868 al cual debe la actividad editorial argentina su primer gran impulso; o el de Benito Noel, cuyos chocolates y golosinas endulzaron las vidas de los argentinos durante siglo y medio; o el de Sebastián Bianchetti y sus balanzas presentes desde 1870 en tantos comercios minoristas del país.

          El campo podía enorgullecerse, cuando las fiestas del Centenario, de ser el principal contribuyente de tanta satisfacción y confianza por el destino nacional a lo largo de aquel año 1910, en el que también culminó el proceso de transformación de la economía argentina. Nuevos emprendimientos terciarios vinculados directamente a la producción rural, como los frigoríficos y las industrias bodeguera y azucarera, estaban ya afianzados. La cultura urbana se elevaba juntamente con la educación pública y los hábitos de trabajo, preparando a la sociedad para la evolución social y política ordenada que cabía razonablemente esperar.

         Como cabe también razonablemente esperar que esta imagen del pasado sea espejo de nuestro futuro.

Invitamos al lector a realizar sugerencias y opiniones sobre cada tema desarrollado.   

Autor

Fernando de Estrada

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