
La Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) es el instrumento de la comunidad internacional para encarar los problemas ambientales derivados del calentamiento global, es decir, del aumento de la temperatura del planeta atribuído a la incorporación a la atmósfera de los llamados gases de invernadero, los cuales tienen origen diverso. Cada año, desde 1994, se reúne el órgano ejecutivo de la Convención, llamado Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), con una concurrencia ampliada de personas e instituciones vinculadas al tema, pero cuyos participantes oficiales son los representantes de los Estados Nacionales que han adherido a la Convención. Tales encuentros se titulan Conferencias de las Partes (COP).
En la COP21, celebrada en diciembre de 2015, se firmó el Acuerdo de París (al cual la Argentina se incorporó oficialmente en 2016), que establece una cantidad de compromisos destinados a evitar el aumento de la temperatura global por encima de dos grados respecto a la de los primeros registros de la revolución industrial en el siglo XIX. El documento suscitó universales adhesiones, pero la lectura más atenta del texto demuestra que adolece de algunas fallas muy importantes. En efecto, es manifiesta la sobreestimación del impacto de las actividades agropecuarias como aportantes de gases de invernadero junto con lo escaso de la base científica para llegar a esa conclusión.
Ya en 2006 la FAO (la dependencia de las Naciones Unidas encargada de los temas de alimentación y agricultura) en una publicación titulada “La larga sombra del ganado” había sostenido que los gases producidos por los bovinos, especialmente el metano, revestían gran importancia para el aumento de la temperatura planetaria, pues representarían el 18 % de las emisiones totales. Es decir, más que el conjunto de contaminantes atmosféricos generados por los medios de transporte del mundo.
A este respecto el investigador Pablo Elverdín ha destacado que “la acción para mitigar las emisiones y combatir el cambio climático es urgente, pero las acciones pueden ser insuficientes y económicamente costosas si parten de premisas equivocadas”. Por ello, “es necesario revisar la información de los inventarios nacionales presentados por los países a la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Con base en estos datos, el informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático estima las emisiones agrícolas (donde se computa la deforestación por cualquier causa) como el 24 % de las emisiones totales en 2014. Entonces, ¿cómo es posible que a la agricultura se le impute el 35 % de las emisiones de 2014? Sólo hay una razón lógica: las emisiones agroalimentarias se calculan de manera diferente a las de otros sectores computando las emisiones de toda su cadena de valor. Más aun, el mismo Informe indica que el Sector de Agricultura, Bosques y Otros Usos de la Tierra es el único que redujo emisiones desde el año 2000. Hay una confusión en el manejo de los datos… Se ha ignorado que la producción rural bien administrada es la única actividad económica con capacidad de compensar e incluso absorber carbono del ambiente, contribuyendo a la mitigación del cambio climático”.
En los Estados Unidos (como se sabe, uno de los principales productores de carne) el tema fue encarado por el principal organismo de control ambiental, la Agencia de Protección Ambiental, conocida por sus siglas inglesas EPA (Environmental Protection Agency). La EPA, en su Informe de 2016, expuso otras conclusiones acerca de la generación de gases de invernadero según actividades productivas. Son las siguientes: transporte, 28 %; energía, 28 %; industria, 22 %, y agricultura, 9 %. El rubro agricultura incluye la ganadería en 3,9 % y dentro de ésta a la carne vacuna corresponde el 2 %.
Otro factor fundamental no siempre tenido en cuenta es la capacidad de los cultivos agrarios para capturar carbono del aire y mantenerlo dentro del suelo, aptitud también presente en los océanos, ríos y lagos. Se pregunta Pablo Elverdín: “Dado que gran parte de la ganadería se desarrolla en pastizales, ¿las emisiones netas del sector son realmente la cantidad que se computa? Parecería que no. En este sentido existen estudios que sugieren neutralidad o incluso un balance favorable en las emisiones para la ganadería pastoril y silvopastoril…Por lo tanto, ya que la capacidad de captura de carbono en la agricultura y la ganadería aún no se comprende por completo, como lo muestran los sucesivos refinamientos de las directrices del IPCC, no es razonable concentrar acciones de mitigación en un sector que idealmente podría ser de carbono neutral”.
Al considerar la situación de la Argentina en esta materia es imprescindible destacar los altos niveles tecnológicos alcanzados aquí, especialmente la siembra directa. Es éste un método de labranza que no rotura la tierra sino que actúa sobre los rastrojos del cultivo anterior, evitando la emanación de carbono y favoreciendo la formación de humus que a su vez secuestra carbono del aire. Además, la maquinaria empleada para la siembra directa es de menores proporciones que las tradicionales, lo cual se traduce en la disminución del peso ejercido sobre los terrenos y en el ahorro de combustible, otro factor de reducción de gases de invernadero. En la medida en que esta modalidad argentina obtenga difusión internacional, la disminución del aporte agroganadero de gases contaminantes al cambio climático se volverá todavía más significativa.
Otro destacado investigador argentino, Ernesto Viglizzo, se ha ocupado también de la supuesta “sombra larga de la ganadería” y demuestra cómo se trataría de “un caso de contabilidad duplicada. Cuando se omite esa duplicación y se computan únicamente las emisiones biogénicas del ganado (de origen metabólico) esa cifra desciende a menos del 5 %…Sabemos que de todos modos el metano que emiten los rumiantes es un poderoso gas de invernadero, pero hay dos cosas por aclarar:
-en tanto otros gases de invernadero (como el anhídrido carbónico y el óxido nitroso) pueden persistir en la atmósfera varias décadas y aún siglos, el metano se desintegra y pierde su potencial de calentamiento en unos diez años. Esto significa que la persistencia de los gases no es equiparable y que una corrección de los cálculos es inevitable;
-los bovinos sintetizan el metano emitido a partir del carbono que ya estaba en el aire, y que fue antes capturado mediante fotosíntesis por las plantas que ellos consumen. El ganado no adiciona más carbono a la atmósfera; simplemente recicla el que ya existía. Lo opuesto ocurre en las industrias que queman combustibles fósiles: año tras año adicionan a la atmósfera, sin intermitencia, nuevos volúmenes de carbono”
Ernesto Viglizzo reflexiona que “según estadísticas de 2019, los bovinos argentinos emiten aproximadamente un 0,16 % de los gases de invernadero globales. Al quedar muy por debajo del 1 %, queda claro que su influencia sobre el calentamiento global es insignificante. ¿Qué sentido práctico tendría bajar la población bovina en un país que se alimenta y genera divisas a partir de ella?”
Las emisiones del campo argentino representan el 0,44 % del conjunto global, pero en cambio de esa mínima cifra provee 24 % y 15 % de granos y carnes de la producción mundial. El maíz compensa con su captura de carbono cuanto puede emitir la soja lo largo de su cadena (es decir, desde su siembra hasta sus usos finales); lo mismo el trigo, el sorgo, las pasturas y los árboles en crecimiento. Ciertamente, la Argentina es un país con suficientes títulos para no considerarse un paria ecológico al hablarse de cambio climático.
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