La ciudad al servicio del Hombre.

Abstract

La Sagrada Familia, Barcelona, España.

HABITAMOS JUNTOS

La vida del hombre es un habitar en el tiempo y en un espacio. Somos creaturas habitantes. Vamos descubriendo a medida que crecemos una especie de conexión espacial-temporal con nuestros pares y con el entorno donde la vida se expresa. En la ciudad o en el campo, siempre en comunidad.  Habitamos primero la familia, y a medida que crecemos, el lugar de la vida se desarrolla con una progresiva conciencia de pertenencia a un barrio, a un pueblo o una ciudad y finalmente la propia patria y el mundo. 

“El hombre construye su casa como la condición física de su habitar metafísico… De ahí que sean inescindibles la familia y el habitar; cuando la gente dice “el casado casa quiere”, no percibe quizá la insospechada profundidad de lo que expresa porque aquí “casa” significa habitación física y también domus (familia, templo) y hogar….Habitar supone intimidad y la intimidad exige la interioridad donde in-habita el ser.”[1]

Como familia, buscamos el bien común y relacionar ese bien con otras familias, conformando una comunidad que a medida que crece y se necesita mutuamente, habita y construye la ciudad. El hombre habitó en la ciudad, tanto en la polis griega o en la urbs romana, como en un pueblo o villa y en la actualidad, en las distintas formas que toman los ámbitos desde el cual construye su existencia. 

“Es pues significativo que urbs, antes que ciudad, expresara los moradores que la constituyen y, en segundo lugar, las casas mismas que son inconmensurablemente más que alojamientos porque son la condición física del habitar humano. La casa expresa la familia.”[2]

Pero ese habitar tiene una misión trascendente, no se agota en el mero vivir aquí y ahora. Como creaturas, hechas a imagen y semejanza de Dios, poseemos un fin que nos hace tener una conciencia de futuro que va más allá de la vida terrenal. Y es esa conciencia que hace que busquemos cumplir con el mandato de Jesús: “Escucha Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”. El segundo es: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. (Mc 12, 29-31). Y es en comunión con el prójimo que actuamos fortaleciendo lazos, buscando el bien del otro, en definitiva, buscando el bien común. ¿Dónde? En donde habitamos, en la realidad de la creación, sea en una ciudad o en algún lugar apartado. 

 LA CIUDAD DE LOS HOMBRES

La ciudad es un organismo vivo, dinámico, que crece a la medida del hombre que responde a la misión que el Creador imprimió en su naturaleza: “El mandato de Dios a Adán y Eva en el relato del Génesis es ser fecundos. La humanidad ha recibido el mandato de cambiar, construir y dominar la creación en el sentido positivo de crear desde y con ella. Entonces, el futuro no depende de un mecanismo invisible en el que los humanos son espectadores pasivos. No, somos protagonistas, somos —forzando la palabra— co-creadores. Cuando el Señor nos pide ser fecundos, dominar la tierra, lo que nos está diciendo es: sean creadores de su futuro”.[3]

Y ese futuro implica una gran responsabilidad. La historia nos demuestra que cuando buscó trascender, buscando la belleza, llevó a cabo obras maravillosas, que todavía hoy nos llenan de asombro. Las grandes obras de arte y de arquitectura, que se pueden admirar en la mayoría de las ciudades del mundo, son prueba de su capacidad de crear, y de la satisfacción que logra. Esa búsqueda de grandeza en sus obras refleja el misterio de la Belleza y el Bien que es expresivo y expansivo. Y alegra el corazón y acrecienta su afán por la superación.

 “Porque es de la creación de donde el hombre extrae principalmente sus alegrías y el gusto poderoso por la aventura y la victoria”[4].

El hombre con su capacidad de crear con libertad, también deberá asumir la consecuencia de sus acciones. Muchas veces y como nos lo señala el Santo Padre, se cree autosuficiente y capaz de gobernar sin control, al territorio y la naturaleza que lo rodea. En su afán de progreso material sin visión trascendente, usa y abusa de los bienes que encuentra. Se olvida de la misión o la niega. 

LA CRISIS DE LAS CIUDADES

En el afán de progreso y debido los avances de las tecnologías, a partir de la Revolución Industrial y en especial en las últimas décadas, el desplazamiento del campo a la ciudad aceleró la densificación de las ciudades y produjo una serie de conflictos que fueron haciendo que el hombre busque soluciones, casi siempre parciales. 

          “La ausencia de urbanismo es la causa de la anarquía que reina en la organización de las ciudades, es el equipamiento de las industrias. Por haber ignorado ciertas reglas, el campo se ha vaciado y se han llenado las ciudades por encima de cualquier límite razonable; las concentraciones urbanas se constituyen al azar; las viviendas obreras se han convertido en tugurios. Para la salvaguardia del hombre no se ha previsto nada. El resultado es catastrófico, y casi uniforme en todos los países. Es el amargo fruto de cien años de maquinismo sin dirección alguna”.[5]

Veamos que sucede en nuestra región y en el escenario mundial, en cuanto a las problemáticas urbanas actuales:

          “En el año 2000, más del 80% de la población latinoamericana vivía en áreas urbanas, el doble de la proporción de 1950. La cantidad de ciudades latinoamericanas con más de un millón de habitantes dio un salto de 8 en 1950 a 56 en 2010. Cuatro ciudades –México, San Pablo, Río y Buenos Aires– tienen más de diez millones de habitantes (Suárez, 2014). En la actualidad, América Latina es el continente más urbanizado…En medio de este panorama bastante sombrío de segregación urbana e inequidad, la idea del “derecho a la ciudad”, reconocida institucionalmente a nivel internacional en el Foro Urbano Mundial V de Río en 2010, se propone como un marco teórico de política urbana en aras de ciudades más inclusivas. La Ciudad de Buenos Aires institucionalizó la idea en 2011 con la creación de la Secretaría de Hábitat e Inclusión, cuya misión es “trabajar para la construcción de una ciudad inclusiva en la que todos sus habitantes puedan ejercer plenamente su derecho a la ciudad”.

En un proyecto conjunto entre la UNESCO y la ONU para el Foro Urbano Mundial V, Brown y Kristiansen (2009: 8) atribuyen cinco ejes al derecho a la ciudad: 1) la libertad y los beneficios de la vida ciudadana; 2) la transparencia, la equidad y la eficiencia en la administración de la ciudad; 3) la participación y el respeto en la toma de decisiones democrática local; 4) el reconocimiento de la diversidad en la vida económica, social y cultural; y 5) la reducción de la pobreza, la exclusión social y la violencia urbana”.[6]

     Es cierto que en las ciudades existen desigualdades, ciudadanos que se encuentran en situaciones de vulnerabilidad, con necesidades básicas insatisfechas, con falta de vivienda y de posibilidades de desarrollarse dignamente.  Ahora, bien, el llamado “derecho a la ciudad” surge como una nueva búsqueda dialéctica para lograr la inclusión y la participación de todos sus habitantes, con intenciones que en la superficie parecen buenas y pone la prioridad en los derechos, pero no habla de las obligaciones.

El mayor problema es que los enunciados no tienen como conclusiones acciones claras y viables para solucionar los temas planteados. Terminan siendo meras idea utópica con eficiente carga ideológica y un deficiente sentido de la realidad. Cuando no, un conjunto de acciones que buscan el control de la población bajo la fórmula de la transformación del lenguaje. Pero eso es tema para otra ocasión.

     Distintos pensadores en la actualidad, sin mirar la trascendencia del hombre, buscando el progreso indefinido inmanente, han planteado la necesidad de mejorar la vida en la tierra. 

Podemos preguntarnos: ¿quién no quiere mejorar la casa donde vive? 

El problema es que se quedan en un mero intento de buscar que el hombre con sus propias fuerzas cambie su modo de actuar. Pretenden hacerlo sin poner su mirada en las alturas, en el que es el Señor de la vida, y por lo tanto tropiezan con ideas que son puramente materialistas. La mayoría de sus enunciados pueden buscar el bienestar del hombre, pero, en definitiva, es un bienestar superficial, que no repara en el corazón y en la condición de creatura capaz de volverse contra el otro, a partir de su naturaleza herida. En Evagelii Gaudium el Papa Francisco decía que: “El fenómeno del urbanismo ya ha asumido dimensiones globales: más de la mitad de los hombres del planeta vive en las ciudades. Y el contexto urbano tiene un fuerte impacto en la mentalidad, la cultura, los estilos de vida, las relaciones interpersonales y la religiosidad de las personas. En tal contexto, tan variado y complejo, la Iglesia ya no es la única «promotora de sentido», y los cristianos absorben «lenguajes, símbolos, mensajes y paradigmas que ofrecen nuevas orientaciones de vida, frecuentemente en contraste con el Evangelio» (Evangelii gaudium, n.73)

Surgen sin embargo voces que, realizando una lectura seria y realista de las problemáticas planteadas, conjugan ideas y esbozan soluciones que ponen en valor las virtudes del hombre para buscar mejorar la vida en las ciudades. 

IMPLANTAR EL MISTERIO

¿Qué debemos hacer para volver a la esencia del ser ciudadano y no perder el rumbo, la mirada hacia lo alto?

La Ciudad puede y debe ser espacio de encuentro:

 “Ciudad que tiene dos constitutivos formales: continuidad y contigüidad, que responden respectivamente a sendas propiedades eminentemente humanas, cuales son la historicidad y la sociabilidad. La ciudad, en tanto continuum contiguum, constituye una virtual encrucijada que puede y debe transformarse en verdadero encuentro del hombre: encuentro con su pasado, con sus raíces histórico culturales, encuentro con los demás y , en definitiva, encuentro consigo mismo.”[7]

          Y por supuesto que es un lugar de encuentro con su Creador, con Aquel que habita en el corazón de cada hombre y por consiguiente deberemos bregar para que habite también en el corazón de la ciudad. Estaremos entonces, como hijos de Dios, hermanos de Cristo y herederos del cielo, transformando las ciudades al servicio del hombre. Buscando edificar la Ciudad, signo de Salvación.

Invitamos al lector a realizar sugerencias y opiniones sobre cada tema desarrollado.


[1] Alberto Caturelli, “Metafísica del habitar humano”, en Enrique del Acebo Ibañez (ed.), “La Ciudad, su Esencia, su Historia, sus Patologías”, Introducción, edit. Fades, 1984, p. 24.

[2] Idem, p. 24

[3] Papa Francisco, “Soñemos Juntos”, Prólogo, Ed. Plaza Janés, 2020, p. 4

[4] Saint Exupèry, A. de, Ciudadela, edit. Goncourt, Buenos Aires, pag. 87

[5] Le Corbusier, Principios de urbanismo (La Carta de Atenas), Ed. Planeta-Agostini. 1957 P. 139.

[6] Deneulin, S. (2014). Crear ciudades más justas para la vida: una combinación del derecho a la ciudad y el enfoque de las capacidades [en línea]. En Suárez, A. L., Mitchell, A., Lépore, E. (eds.). Las villas de la ciudad de Buenos Aires: territorios frágiles de inclusión social. Buenos Aires: Educa.  

[7] Enrique del Acebo Ibáñez (ed.), “La Ciudad, su Esencia, su Historia, sus Patologías”, Introducción, edit.

Fades, p. 13-14, 1984. 

Autor

Reynaldo González

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