
Las distintas cuencas de la Provincia: el Plata, el Negro-Colorado y el Salado. Por su importancia económica y el alcance de los daños, la del Salado inspira mayores preocupaciones.
El trabajo de Florentino Ameghino sobre los ciclos de inundaciones y sequías en la provincia de Buenos Aires conserva actualidad no sólo por sus méritos intrínsecos sino también por la persistencia del problema. Ameghino sostiene que las inundaciones y las sequías se encuentran tan vinculados que en realidad configuran una sola realidad. La llanura pampeana, en su interpretación, configura algo similar a una esponja, que debería impregnarse de agua cuando ésta abunda para desprenderse de ella lentamente de modo que subsistan cantidades adecuadas al llegar la sequía. Las aguas subterráneas tienden naturalmente a cumplir este ciclo, y a las superficiales la acción humana debe darles la contención necesaria para que se deslicen lentamente hacia el mar y no de manera torrentosa que las haga destructivas y de desaparición precoz en cuanto a su eventual aprovechamiento en tiempo seco.
Ameghino señalaba que las rupturas de este ciclo aparejaban los fenómenos de inundación y seca, y que una causa posible era la reducción de los pastizales naturales por la extensión de la actividad agraria. Los pastizales serían los agentes más efectivos para la retención del agua en la tierra y su extinción, por consiguiente, favorecerá el escurrimiento superficial rápido con sus indeseables consecuencias.
Cuando Ameghino escribía esto hacía poco de la Campaña del Desierto y la gran expansión agropecuaria estaba recién comenzada. Algunos años antes, en 1857, la provincia había registrado una de sus inundaciones más memorables; dato ilustrativo de su intensidad es que un barco de vapor ingresó por la desembocadura del río Salado y navegando aguas arriba llegó a la laguna de Chascomús, donde se lo recibió con fiestas y homenajes, y casi con la seguridad de que la singladura podía ser permanente y generar jugosos beneficios comerciales. Pero el ciclo no estaba roto: la inundación se fue, y con ella las especulaciones fugaces acerca de la evaporada ruta fluvial.
El registro de inundaciones y sequías anteriores al retroceso de los pastizales se documenta ya en las primeras actas del Cabildo de Buenos Aires, que se ocupan de ellas desde 1608 hasta su supresión en 1821. Existen indicios de que en épocas anteriores las cosas venían sucediendo del mismo modo. Así lo señala Carlos Moncaut con relación a los años 1636, 1671, 1685, 1774, 1774, 1778, 1804 y 1810, y otro tanto refiere de acuerdo a fuentes diferentes para 1751, 1843, 1846 y 1877.
Todos estos datos hacen dudar de que alguna vez el suelo pampeano haya funcionado cual esponja tan eficazmente como Ameghino supuso. De todos modos, los habitantes de las pampas padecieron las sequías como plagas más crueles y casi irremediables, mientras que para las inundaciones se buscaron remedios empíricos e insuficientes. En este sentido, el primer movimiento era contrariar las recomendaciones de Ameghino y darle al agua la circulación más rápida posible. Una Ley dictada el 24 de septiembre de 1900 consagró, por así decir, el método de la evacuación veloz del agua de inundaciones a través de un sistema de canales y ciertamente sin intentar una absorción en los suelos; uno de estos canales se llamaba, casi irónicamente, Ameghino.
Los resultados fueron mediocres, y desde entonces se ha intentado superarlos operando sobre los elementos cuantitativos; un siglo después, en 2001, la Legislatura de la Provincia aprobaba un estudio encargado a la consultora británica William Halcrow and Partners que debería transformarse en Plan Maestro Integral para el control de las inundaciones en la cuenca del río Salado.
Las recomendaciones de este informe constituyen la política oficial de la Provincia de Buenos Aires en esta materia desde 2007; su implementación ha sido muy lenta, y a esa despaciosidad suele atribuirse la causa de las serias inundaciones acontecidas desde entonces. En las consideraciones técnicas del Plan Maestro se atribuyen las causas de la inundación a “la evolución y formación del paisaje y a los cambios climáticos”, y a que “en el pasado prevalecieron condiciones más áridas, y el sistema fluvial y de drenaje natural aun no se ha adaptado al cambio climático experimentado”. De modo que, en última instancia, según el Plan Maestro las causas son de orden geológico y en este plano habrán de aplicarse las medidas de mitigación posible, hasta que el paisaje obtenga su adaptación a condiciones naturales que le han sido impuestas en eras lejanísimas.
Interpretación semejante presentan José María Suriano y Luis Humberto Ferpozzi en un artículo publicado en Todo es Historia, donde sostienen que la configuración geológica de la región pampeana está oculta bajo un manto de sedimentos tectónicos y volcánicos llevados y traídos por vientos cuya orientación ha dependido a lo largo de milenios de los cambios climáticos siempre presentes. Según esta teoría, el siglo XIX registró aumentos de temperatura que generaron el incremento de la humedad en la región pampeana y con ella las condiciones para su desarrollo agropecuario. Las características hasta el siglo XVIII habrían sido, en cambio las propias de un desierto, casi sin aguas de superficie ni de napa, y una vegetación xerófila impropia para mantener una fauna numerosa. No hubiera estado de acuerdo Woodbine Parish, primer cónsul británico en la Argentina y también uno de los primeros observadores profundos de nuestras pampas, quien se ocupó también de la temprana actividad paleontológica en ellas. “Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata”, sus memorias sobre el tiempo que pasó en el país publicadas en 1839, abunda en consideraciones acerca de los fósiles que estudió y que le llevaron a la conclusión de que la pampa debía de haber sido rica en árboles gigantescos para alimentar a esos herbívoros más grandes que elefantes de existencia documentada con los imponentes esqueletos de megaterios, gliptodontes, etc.
Tampoco es coherente la teoría de Suriano y Ferpozzi con el hecho de ya a principios del siglo XVII las condiciones geográficas permitieron el desarrollo en las pampas de grandes rebaños, en su mayoría salvajes, cuyo número sólo tendió a disminuir, a fines del XVII, a causa no de influencias naturales sino de la acción predatoria humana (y de la funesta aparición de los perros cimarrones).
Tales descripciones del pasado pampeano pueden, sin embargo, integrarse en un extenso proceso del cual ignoramos la ubicación de cada etapa. Sin duda, la importancia de los factores meteorológicos que destacan Suriano y Ferpozzi constituye un dato que deberá ser tenido muy en cuenta no tanto para elaborar una prehistoria de las pampas sino para cuidar su futuro.
Con independencia de estas teorías y de las recomendaciones de Ameghino, el Plan se conforma con el objetivo de colaborar con “el desarrollo económico de la cuenca reduciendo el riesgo de inundación y de anegamiento”.
Acorde con estos principios, se han presentado correcciones al Plan, de las cuales resulta interesante la de Mario Chingotto, que propone la apertura de un canal rectilíneo para encauzar las aguas del Salado desde cien kilómetros antes de su desembocadura en el océano.
La teoría de la “esponja” conserva sus seguidores: grupos ecologistas entre los cuales revista Greenpeace sostienen que las inundaciones bonaerenses se han incrementado desde los avances de la frontera agrícola, en especial a causa de la soja.
La diversidad de opiniones coincide en limitar el alcance de sus consejos al problema de las inundaciones sin incursionar en el de las sequías, incluso olvidando la relación íntima entre ambos fenómenos que planteara Ameghino. De alguna manera la posibilidad del vínculo ha sido destacada por las denuncias sobre agotamiento de los suelos a causa de los avances de la frontera agrícola y extinción de la flora nativa; los procesos facilitadores del escape de las aguas no serían el origen principal de las sequías, sino que la desertificación ocurriría de todos modos por la destrucción de los suelos.
Estos antecedentes quizás fuerzan a admitir que la estructura geológica de la provincia no permite la conservación subterránea de aguas en la proporción suficiente para afrontar su carencia durante las sequías. De ser así, gran cantidad del recurso natural se seguirá arrojando al mar sin poder utilizarlo para prevención de las sequías. La alternativa de construir represas en ríos de llanura es compleja; existe un intento con un proyecto de Ley provincial, que no ha tenido consecuencias. La implementación de esta política diferiría de la del Plan Maestro en cuanto éste procura solamente la evacuación de aguas mediante canales.
Lo poco que se ha proyectado o propuesto para mitigar las sequías quizá significa que no existe el remedio adecuado. En este caso habrá que reconocer que el adagio según el cual la ingeniería es la fe de erratas de la naturaleza no tiene aquí aplicación. Correspondería entonces introducir otra fe de erratas ahora de política económica, es decir de anticipación permanente para la llegada de las vacas flacas (previendo y determinando los alcances de la intervención estatal), en vez de proceder con medidas de emergencia y necesariamente parciales al llegar la sequía.
También, y sin salirse de la primera “fe de erratas” ni de la esencia de las enseñanzas de Ameghino, cabe la posibilidad de mantener el agua sobre la tierra fuera de condiciones de inundación ni de represamiento. El desvío de algunos caudales como el Río V llevándolos a zonas necesitadas de riego y evitando su ingreso a cuencas saturadas (en este caso la del Salado) son opciones consideradas como posibles desde las perspectivas técnicas y económicas. La irrigación de Mendoza tiene estas características.
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